Sobre mi

Una cocina del todo setentera de la que salen bandejas con tartaletas de hojaldre rellenas de salsa de tomate y huevo; la escalera de caracol por la que ir a buscar una barra de helado para mi abuelo; sacar del enorme horno mezclas imposibles con gominolas medio deshechas; picotear petisús en lo que mi padrino trabaja; contar la propina cuando repartes una bandeja de pasteles y una señora a quien ni recuerdas te dice emocionada que te conoce de cuando eras así de pequeña -irónico si contamos con que mido menos de un metro y medio y no puedo haber crecido demasiado desde entonces-.

Es imposible no pensar en la paste si hablo de mi en un blog de cocina.

Nací en Barcelona en el año de Naranjito, en una casa donde a mis padres se les llamaba aita y ama y donde las vacaciones eran sinónimo de montarse en un Dian e ir a Euskadi. Las navidades a casa de mi padre, el verano a casa de mi madre.

Aunque decir que la ama tenía casa es un poco aventurado. Los aitonas maternos tenían un obrador, con dos mesas de trabajo que ya las quisiera yo para mi cocina, y una amasadora verde que hacía un ruido de mil demonios. Por allí pasamos todos los primos, cuando no era a mirar, era a ayudar. Y entre una y otra picábamos. En mi caso lo que me daba el tiempo.

Y además, sobre la pastelería y unida por una escalera de la que mi primo aun guarda el recuerdo en una fabulosa cicatriz en la frente, estaba la casa de los aitonas. Pero allí no había montones de bollos, palmeras, bombas, pastas, pasteles y helados. Lo que inevitablemente la convertía en un elemento secundario.

Con doce años mi aitona paterno me dio una paga de verano espectacular. Tan espectacular que pude comprar mi propia batidora de mano. ¡Mía! Fue lo primero que dejé claro que se iba en la maleta cuando me independizara. Una Moulinex que ahora nos parecería de risa y hacía un ñiñiñí de lo más ridículo al encenderla. Pero anda que no habrá montado claras, dudo que llegue a tener nunca un aparato que aguante lo que ella. Vivió hasta hace unos meses y no os podéis imaginar lo paralizada que me quedé cuando vi que no tenía arreglo.

Poco después en la carta a los Reyes Magos pedía un molde circular de acero inoxidable. Mi madre solo tenía el típico para plum cakes. Sus Majestades se portaron y me regalaron tres, dos circulares y uno rectangular. Siguen impecables. Con eso y una botella de vino a modo de rodillo funcioné más de diez años. Ah, y una manga que me regaló mi vecino pastelero. Y es que en esencia no se necesita más.

20 años después ha resultado que desear pasar las tardes de verano detrás de un mostrador y no en otro sitio eran señal de algo. Y aquí estoy, dedicando muchas de mis horas libres a aprender de forma no reglada lo que igual un día tendría que plantearme pedir que me enseñen ordenadamente. Escribo algunas de las recetas que preparo, enseño lo que sé hasta donde sé cuando me lo piden, e intento cebar a mis amigos y familia con los experimentos que salen de mi horno. Que no es como el que teníamos en la paste, pero le tengo el mismo cariño que a aquel.

Si quieres contactar conmigo puedes rellenar una solicitud en este mismo blog, en la pestaña de al lado, o puedes escribirme a sam@jincateundulce.com.

Por cierto, yo soy Sam. Aunque la amatxo me llama Maria, el aitatxo me cambia el nombre constantemente, muchos me llaman Maritxu, y mi gato Calígula solo me llama para reclamar comida y servidumbre varia.

Gracias por pasarte por aquí.